domingo, 18 de mayo de 2014

Gabriel García Márquez: el clero tumbó a Pérez Jiménez

Escrito en Artículos

Gabriel García Márquez: el clero tumbó a Pérez Jiménez
RCL les invita a leer a Luis Alberto Machado Sanz.-                                          
1)  Un artículo desconocido de García Márquez
 Comenzaremos citando unas palabras de Carlos Alberto Montaner, en un artículo suyo titulado “García Márquez y una gestión ante Fidel”, del viernes 18 de abril, 2014 y que son las siguientes:
“Tal vez no exagero si digo que ha muerto el mayor escritor en lengua española que dio el siglo XX. Decir eso en la época de Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa es muy arriesgado y subjetivo, pero me atrevo a afirmarlo.  ¿Por qué? Acaso porque la novela que más he disfrutado de cuantas he leído en mi vida ha sido El amor en los tiempos del cólera. Me parece más lograda, incluso, que los justamente reverenciados Cien años de soledad que atrajo sobre Gabriel García Márquez la admiración universal y acabó por ganarle el Nobel en 1982” (Fin de la cita. Las negrillas son del autor).
De acuerdo a lo que dice Montaner, se pudiera colegir que la novela Cien años de soledad eclipsa todas, o la mayoría de las obras de García Márquez. Por lo tanto, hay un libro de García Márquez que se llama “Cuando era infeliz e indocumentado” que es desconocido para muchos, entre otras cosas porque está eclipsado, en primer lugar por Cien años de soledad y en segundo lugar, por obras tales como El amor en los tiempos del cólera, como bien cita Carlos Alberto Montaner.

En dicho libro, hay un artículo que se titula “El clero venezolano en la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez”.  En este artículo, Gabriel
 García Márquez, de una manera amena, pero a la vez objetiva, histórica y veraz, explica de manera magistral, la importancia combativa que tuvo el clero venezolano en la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. Este artículo lo pudiéramos calificar de “realista”. No tiene el llamado “realismo mágico” de Cien Años de Soledad. Sin embargo, es un ilustrativo artículo y a la vez, delicioso y ameno, que tiene partes narradas como si fuera una novela policial, propio de un Premio Nobel de literatura, muy bien merecido para García Márquez.

No se trata de una obra teológica o religiosa. Tampoco política. Más bien, es un excelente reportaje periodístico. García Márquez vivió en Venezuela. Escribió para el diario Últimas Noticias y vivió los acontecimientos ahí narrados.
Vamos a trascribir abajo el artículo antes dicho pero antes, haremos unos comentarios sobre la dictadura de Pérez Jiménez, con el fin de ver el contexto en el que García Márquez escribió su obra.
2) La dictadura de Pérez Jiménez  
Marcos Evangelista Pérez Jiménez, fue un dictador y eso no se puede negar. Ahora bien, nada es completamente bueno y tampoco, nada completamente malo. Su dictadura, tuvo cosas buenas y a la vez cosas malas.
Pérez Jiménez hizo obras. Obras que nadie puede negar y que todavía están a la vista. Fue nacionalista, no fue entreguista. Fue 100 % venezolanista. Cuando hubo un problema con Colombia, en relación a Los Monjes, no se anduvo con guabineos y medias tintas con Colombia. Tomó militarmente Los Monjes y así zanjó el problema. Por esa actitud enérgica frente a Colombia, Los Monjes son hoy en día territorio venezolano.
Jamás le pasó por la mente el regalarle el Esequibo a Guyana. Esto no quita que se reconozca que era amigo de otros dictadores, tales como Franco en España, Somosa en Nicaragua, Rojas Pinillas en Colombia, Perón en Argentina, Fulgencio Batista en Cuba y Rafael Leonidas Trujillo, alias “Chapita”, en República Dominicana.
Pérez Jiménez no andaba con una repartidera de dinero internacional para comprar la conciencia de los gobernantes de otros países, con el fin de comprar solidaridades automáticas internacionales, en organismos tales como la ONU y la OEA.
En su época, hubo trabajo, hubo también una extraordinaria emigración europea, que fue laboriosa y trabajadora, y que contribuyó en gran medida con el engrandecimiento del país. El Bolívar era la moneda más estable del mundo. Venezuela era el primer país productor de petróleo del mundo.
Es cierto que había seguridad, pero sobre esto hay que aclarar varias cosas:
La seguridad se basaba en la violación de los derechos humanos y la represión. Es cierto que los órganos represivos del Estado, no se metían con el que no se metía en política, pero el que se metía en política, se exponía a que se lo llevaran, lo desparecieran, lo torturaban de manera cruel y espantosa, pasara mucho tiempo en una cárcel en condiciones infrahumanas (algunos presos políticos sobrevivieron, otros no).
A los que no se metían en política, la seguridad que tenían, que les permitía dormir con las puertas y ventanas abiertas, funcionaba de la siguiente manera:
Vamos a poner un solo ejemplo, para muestra basta un botón:
Al principio del régimen de Pérez Jiménez, hubo una modalidad, la de atracos en las bombas de gasolina. Pues bien, Pedro Estrada mandó a los agentes de “La Seguridad Nacional”, a infiltrar las bombas de gasolina, disfrazándolos de bomberos de dichas bombas. En consecuencia, el delincuente que pretendía atracar en una bomba, delincuente que era ultimado. Ergo, al poco tiempo de la infiltración de las bombas, se acabaron los atracos. Los delincuentes rápidamente se dieron cuenta que el peor negocio que podían hacer en su vida era atracar una bomba, porque eran hombres muertos.
Esto de las bombas de gasolina, se extrapoló a todos los ámbitos de la vida nacional. Por lo tanto, al poco tiempo del régimen de Pérez Jiménez, se acabaron los delincuentes. Por órdenes de Pérez Jiménez, Pedro Estada los mató a todos. La orden era matarlos y punto. Pérez Jiménez y Pedro Estrada partían de la filosofía que “muerto el perro se acaba la rabia”.
Es más, Pérez Jiménez llegó a saber de las andanzas revolucionarias de Fidel Castro en Cuba para derrocar a Fulgencio Batista. Por lo tanto, dio la expresa orden que si “el comunista Fidel Castro” se aparecía por Venezuela, lo fusilaran de inmediato y sin ninguna contemplación. Que no iba permitir que Fidel Castro le embochinchara el país.
Obviamente, que cuando la gente habla de la época de Pérez Jiménez, habla de la “seguridad”. Pero a un precio de matar delincuentes sin ningún tipo de juicio con el debido proceso judicial, derecho a la defensa, presunción de inocencia, no ser torturado, no ser incomunicado. Es decir, hubo seguridad pero sin ningún tipo de respeto a los derechos humanos, etc.
Hoy en día, los organismos que se encargan de los derechos humanos, tanto nacionales como internacionales, hubieran mediáticamente arremetido contra “el gorila-violador de derechos humanos”, del dictador Pérez Jiménez.
Aunado a lo anterior, había una gran censura de prensa. Todas las dictaduras censuran. Ninguna dictadura aguanta una prensa libre. Los periódicos y las radios del momento tenían censores dentro de sus respectivas oficinas. Censores que dictaminaban lo que se podía decir y lo que no. Y lo que se decía, cómo se decía (la televisión apenas comenzaba y era muy poca la gente que tenía televisión para el momento de la dictadura de Pérez Jiménez).
Lo que acabamos de ver que hizo Pedro Estrada en las bombas de gasolina, la censura no permitía reportar que los agentes de la Seguridad Nacional habían acribillado y matado a los delincuentes que atracaban en las bombas que era lo que en realidad había sucedido, sino que los delincuentes habían sido ultimados por agentes de la Seguridad Nacional que se habían visto obligados a actuar en defensa propia del ataque de los delincuentes (no interesaba someter a los delincuentes para que fueran llevados a juicio sino desaparecerlos de la faz de la tierra, sobre todo para que sirviera de escarmiento).
Como toda dictadura, había mucha propaganda sobre los logros y a la vez, se censuraban los problemas, carencias, defectos y fracasos. El régimen de Pérez Jiménez había sido bueno en obras, como antes dijimos. Obras que la mayoría de las veces se inauguraban el día de 2 de diciembre.
3) Lo que da lugar a las dictaduras y lo que las impide
Vamos a abrir un pequeño paréntesis porque es muy importante tener claro lo siguiente:
El 2 de diciembre, era el día de la conmemoración de un supuesto triunfo electoral del régimen. Estamos hablando del día 2 de diciembre de 1952. Decimos “supuesto”, porque el régimen de Pérez Jiménez hizo fraude. Se robó las elecciones. Mejor dicho: Jóvito Villalba, máximo líder del partido URD para ese momento, permitió que se las robaran. Los fraudes no se hacen, se permiten. El fraude fue tan descabellado, que en protesta por el mismo, renunciaron 5 rectores del Consejo Nacional Electoral para ese entonces (CNE), como así se llamaba.
Es importante destacar que no eran elecciones presidenciales, como mucha gente cree, eran elecciones para una Asamblea Constituyente. En cifras reales, URD sacó más del 80 %.  Es obvio que la Asamblea Constituyente dominada por URD, convocaría unas elecciones que posteriormente ganaría Jóvito Villalba.
Es de notar que a Laureano Vallenilla se le ocurrió una idea, que vamos a reportar inmediatamente más abajo pero antes diremos que era el ministro de relaciones interiores y el operador político de la dictadura de Pérez Jiménez.
Vallenilla le dijo a Pérez Jiménez que hiciera como en el juego de dominó. En este juego, cuando hay lo que se llama una “tranca”, gana la pareja que menos puntos tiene. Vallenilla le dice a Pérez Jiménez lo siguiente:
“Tranque el juego. Es decir: pare el conteo de votos. Y como usted es el que menos votos tiene, usted gana”.
Y así fue. Pararon el conteo. Y es el caso, que en vez de Jóvito Villalba llamar a la calle, se quedó pasivo y quieto, esperando no sé qué. Y una vez más, a Laureano Vallenilla, se le ocurre otra idea:
Invita a Jóvito Villalba y a algunos otros dirigentes de URD, a un diálogo a la esquina de Carmelitas, donde estaba el despacho del ministerio de Relaciones Interiores.
Pues bien, el tal “diálogo” que proponía Vallenilla, era una trampa. En vez de “dialogar”, Jóvito Villalba y demás dirigentes de URD, ipso facto fueron conducidos al aeropuerto de Maiquetía y montados en una avión rumbo a Panamá. Luego, Jóvito fue a New York y los demás dirigentes a otros destinos. Lo cierto es que no pudieron volver a Venezuela hasta después del 23 de enero de 1958, día en que cayera la dictadura de Marcos Pérez Jiménez ya que en dicha madrugada Pérez Jiménez abandonó el país en un avro, que era el avión presidencial que llamaban “La Vaca Sagrada”. Salió desde la base aérea La Carlota y lo hizo rumbo a República Dominicana, donde estaba uno de sus amigos, Rafael Leonidas Trujillo, alias “Chapita”, como antes dijimos: dictador de dicho país. Le decían “Chapita”, por dos razones: porque le gustaba mucho beber licores recubiertos en chapitas y por la multitud de condecoraciones que exhibía).
Dicen que Luis Felipe Llovera Páez, que junto con Vallenilla y Pedro Estrada, era uno de sus más cercanos colaboradores y amigos, militar también, le dijo:
“Pérez, vámonos, que el pescuezo no retoña”.
La lección de lo que le pasó a Jóvito Villalba la aprendió muy bien el ex presidente Rafael Caldera, por lo siguiente:
El día primero de diciembre de 1968 hubo elecciones en Venezuela. Los candidatos fueron Rafael Caldera por el partido Social Cristiano por el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI). Gonzalo Barrios por Acción Democrática (AD). Miguel Angel Burelli Rivas por el “Frente de la Victoria”, integrado por tres partidos: Unión Republicana Democrática (URD) de Jóvito Villalba, Frente Nacional Democrático (FND) de Arturo Uslar Pietri y Fuerza Democrática Popular (FDP) de Wolfang Larrazábal y Jorge Dáger.  Luis Beltrán Prieto Figueroa por el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP). Alejandro Hernández por el Partido Socialista de Venezuela y Germán Borregales por el Movimiento de Acción Nacional (MAN).

Hay que destacar que si bien Gonzalo Barrios era el candidato oficial de AD, Luis Beltrán Prieto significó una división en dicho partido porque a Prieto les habían robado las elecciones primarias que le había ganado a Gonzalo Barrios y molesto por ello, Prieto Figueroa montó tienda aparte y fundó el MEP, llevándose con él casi la mitad de AD.
Hay que destacar también que Manuel Rafael Rivero era el presidente de lo que para entonces era el Consejo Supremo Electoral (CSE). De Rivero hay que señalar que años después fue embajador en Francia y Contralor General de la República.
Lo que voy a relatar se lo escuché de la boca del propio Manuel Rafael Rivero, muchos años después de aquel primero de diciembre de 1968. Éramos varios los que lo escuchamos. Hay testigos presenciales de lo que vamos a narrar. Rivero nos dijo:
“En la madrugada de lo que para ese momento ya era el lunes dos de diciembre de 1968, me llamó por teléfono Rafael Caldera. Éramos amigos desde la infancia, por eso me habló en confianza y me dijo:
Manolo, yo no soy Jóvito Villalba. Yo gané las elecciones. Yo no me voy a dejar robar. Si me hacen fraude, salgo para la calle a defender mi triunfo.
Yo le contesté:
Rafael, tienes que tener paciencia y esperar. A estas alturas, te digo sinceramente que no sé si ganaste o no, porque no tengo las actas conmigo. Ten la seguridad de que si ganaste, el Consejo Supremo Electoral te reconocerá como presidente. Si no, reconocerá al rival que haya ganado. Pero ten la seguridad, que si ganaste, nadie te va a robar. Dame, por favor, un voto de confianza y ten paciencia” (fin de la cita).
Había un sector de AD que no estaba dispuesto a entregarle a Caldera, en caso que este hubiere ganado, otro que sí. Fue determinante el general Pardi Dávila que era jefe de la guarnición de Barquisimeto, que se envalentonó y se trajo unas actas para la sede del el Consejo Supremo Electoral en Caracas, que eran determinantes para demostrar el triunfo de Caldera. A lo antes dicho, se sumó que Luis Beltrán Prieto, públicamente, reconoció el triunfo de Caldera y se ofreció para acompañarlo a defender su triunfo en la calle.
La presión antes dicha surtió efecto. Además, Rómulo Betancourt ordenó desde Berna, Suiza, que había que reconocer el triunfo de Caldera, porque “Caldera había ganado”. Además, el para entonces presidente adeco, Raúl Leoni, declaró:
“Si por un voto perdemos, por un voto entregamos”.
En consecuencia, luego de 6 días de incertidumbre, Manuel Rafael Rivero proclama a Rafael Caldera como presidente constitucional de Venezuela para el período 1968-1973. La cifra oficial fue de un poco más de 31.000 votos, representando el 29.1 % de los sufragios. Muchos copeyanos llamaron a los 6 días de incertidumbre como “la guerra de los días”, en recuerdo de la guerra árabe-israelí, del año 67, que duró 6 días.
Gonzalo Barrios declaró que siendo él “gobierno”, no se podía dar el lujo de ganar por tan solo 31 mil votos, que ese lujo se lo podía dar Caldera, que era opositor. Además, que la comunidad internacional nunca entendería que un candidato del gobierno podía ganar con tan pocos votos. Estas elecciones fueron trascendentales en la historia de Venezuela porque era la primera vez que un candidato opositor ganaba unas elecciones.
Es de notar que eran unos verdaderos demócratas, tanto Betancourt, como Leoni, como Gonzalo Barrios y demás líderes adecos del momento, que supieron reconocer el triunfo de Caldera. Era gente civilizada y racional, y no una manada de bestias irracionales y salvajes, que actuaba como una banda hambrienta y codiciosa de poder, al precio que fuere.
El caso de Jóvito Villalba demuestra que cuando no se defienden los triunfos electorales por miedo a defenderlos en las calles, se le abre la puerta a las dictaduras, tal cual Jóvito se la abrió a la de dictadura de Pérez Jiménez, mientras que cuando se defienden los triunfos electorales, con valentía y decisión y se está dispuesto con arrojo a salir a la calle, tal cual hizo Rafael Caldera, se salva la democracia y no se pierde la república, como dijera el lema que dijo en el inicio de su primer gobierno, en el año 1968, cuando dijo lo siguiente:
“En mis manos no se perderá la república”.
Cuando en marzo de 1974, terminó su primer gobierno, declaró:
“Doy a gracias a Dios por permitirme cumplir el compromiso contraído con la patria: en mis manos no se perderá la república”.
4) La carta pastoral y el arzobispo de la Resistencia
Hay quienes dicen que la jerarquía de la Iglesia Católica y el régimen dictatorial de Pérez Jiménez se llevaron muy bien desde que comenzó dicho régimen hasta la carta pastoral del arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias Blanco, del día primero de mayo de 1957, momento a partir del cual, como bien nos explicará García Márquez, en el ensayo transcrito abajo, se rompe dicha relación armónica (la historia conoce a Monseñor Arias Blanco como “el arzobispo de la Resistencia”). 
Antes de dicha carta pastoral, no creemos que la relación haya sido de “manitos agarradas” pero tampoco creemos haya sido conflictiva, a tal punto que la Universidad Católica Andrés Bello se creó en el año 1953, bajo el régimen de Pérez Jiménez.

Hay que recalcar e insistir que la carta pastoral del arzobispo Arias Blanco no tenía contenido político. No se pedían elecciones. No se pedía cambio en el sistema político, ni nada parecido. La carta pastoral denunciaba la grave situación de deterioro, en cuanto a la situación económica y de malestar social, que vivía la mayoría de los trabajadores en Venezuela.
La carta pastoral decía, que por una parte, se hacían grandes obras que servían de propaganda y también para tapar las condiciones infrahumanas en las que vivía una gran cantidad de venezolanos (la palabra “infrahumana”, fue usada literalmente). Se hablaba del analfabetismo en el que vivía la mayoría de la clase trabajadora. También hablaba de las enfermedades y epidemias que afectaban a buena parte de dicha clase. También, el no tener viviendas dignas, acceso a la educación, salarios paupérrimos, falta de acceso al agua potable, desnutrición, condiciones de marginalidad en grado extremo, etc.
La carta pastoral insistía en que todo lo anterior era tapado por la censura. Como dijimos, la carta pastoral no se metió en política, pero sí demandaba la urgente mejoría de la maltratada clase trabajadora.
Dice el historiador Diego Bautista Urbaneja que todo lo que le hubiera tocado hacer a Pérez Jiménez era tragar grueso. Darle tiempo al tiempo y esperar que bajara la marea para que todo se enfriara, pero en vez de eso, como bien nos explicará García Márquez, decidieron cazar la pelea con el clero, comenzando a acosar, perseguir, intimidar y a poner presos a sacerdotes, etc.
Juan Domingo Perón le comentó a Rafael Leónidas Trujillo, alias “Chapita”, lo siguiente:  
A mí me tumbaron las sotanas, deje de pelear con los curas para que no lo terminen tumbando como me tumbaron a mí”. 
El general Juan Vicente Gómez dijo:
Dejen quietos a los curas y no se metan más con ellos. No me gusta comer carne de cura porque la carne de cura atraganta”.
Como bien nos explicará Gabriel García Márquez, Pérez Jiménez se atragantó con la carta pastoral de Monseñor Rafael Arias Blanco.
Bien lo dijo Cervantes, a través de su inmortal personaje “Don Quijote”: 
“Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”. 
Pérez Jiménez se topó con la Iglesia y eso contribuyó en gran medida a su caída.
Vamos ahora a leer a Gabriel García Márquez. 
5) “El Clero Venezolano en la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez”. Por Gabriel García Márquez
“El 1° de mayo del año pasado -fiesta del trabajo- los curas párrocos de Venezuela leyeron en los púlpitos una carta pastoral del arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias. En ella se analizaba la situación obrera del país, se planteaban francamente los problemas de la clase trabajadora y se evocaba en sus términos esenciales la doctrina social de la Iglesia.

Desde Caracas hasta Puerto Páez, en el Apure; desde las solemnes naves de la catedral metropolitana hasta la destartalada iglesita de Mauroa, en el territorio federal amazónico, la voz de la Iglesia -una voz que tiene 20 siglos- sacudió la conciencia nacional y encendió la primera chispa de la subversión. Monseñor Rafael Arias, un hombre macizo y apacible que habla con la misma sencillez y la misma cadencia criolla de cualquier venezolano corriente había meditado mucho antes de escribir la primera línea de aquella pastoral.
La idea nació del conocimiento general que tenía el arzobispo de la realidad del país, por apreciación directa y por las conversaciones con sus párrocos. En un estudio económico de las Naciones Unidas, que recibió por correo, se enteró de que la producción per cápita de Venezuela había subido al índice de 500 dólares, pero que esa riqueza no se distribuía de manera que llegara a todos los venezolanos. “Una inmensa masa de nuestro pueblo -observó en una de sus primeras notas- está viviendo en condiciones que no se pueden calificar de humanas”.
Poco antes, el cardenal Caggiano, legado pontificio al II Congreso Eucarístico Bolivariano, había planteado ese problema en la sesión extraordinaria que celebró en su honor el Concejo del Distrito Federal. “Venezuela -dijo en esa ocasión Caggiano- tiene tanta riqueza que podría enriquecer a todos, sin que haya miseria y pobreza, porque hay dinero para que no haya miseria”.
No había una fecha prevista para la publicación de la pastoral. Monseñor Arias se había hecho el propósito de que fuera un documento breve, claro, directo e invulnerable.
Al principio del año pasado ordenó a la Juventud Obrera Católica adelantar una encuesta que le permitiera formarse un juicio sereno de la realidad nacional. El sondeo duró dos meses. Con una completa documentación en el despacho, después de haber conversado no sólo con los párrocos de Caracas sino con los que vinieron expresamente de las más remotas aldeas de provincia, el arzobispo inició la redacción de sus notas, de su puño y letra. En 45 días de trabajo, de consulta con sus asesores, la primera copia definitiva -11 hojas a máquina, a doble espacio- estuvo lista en la primera semana de abril. Entonces pareció muy apropiada para su publicación la fecha del 1° de mayo, día del trabajo, fiesta del patriarca carpintero, San José.
Se precisó de una actividad extraordinaria para que la Pastoral estuviera en todas las parroquias de Venezuela en la fecha convenida. Fue dada, sellada y refrendada en Caracas a las 10:30 a.m. del lunes 29 de abril. Dos días después se leyó en los púlpitos. A fines de la semana le había dado la vuelta al país y trascendido al exterior, donde se consideró como una brecha en el cinturón de acero creado por la censura de prensa. La primera edición -repartida gratuitamente por los párrocos- se agotó en ocho días.
Algunos especuladores se hicieron de un considerable número de ejemplares y los vendieron a 10 bolívares. Una semana antes Pérez Jiménez pronunció un discurso espectacular en el Congreso, en el cual hizo una apoteósica enumeración de la obra material adelantada por su gobierno y se refirió a los elevados salarios del obrero venezolano. Ese día la Pastoral estaba hecha. Pero el ministro del Interior, Laureano Vallenilla Lanz, no entendía esa clase de argumentos. En su opinión, la pastoral del 1° de mayo era una réplica al discurso presidencial del 24 de abril.
El jueves 2 de mayo, a las 11:00 a.m., citó a su despacho al arzobispo de Caracas, no en una nota especial, sino por teléfono. Monseñor Arias concurrió a la convocatoria esa misma tarde y tuvo que esperar en la desierta antesala del Ministerio del Interior. Vallenilla Lanz solía recordar aquella entrevista con un orgullo evidente. “Me di el gusto -decía- de hacer esperar al arzobispo durante hora y media”. En realidad, monseñor Arias -que es un hombre humilde- no esperó más de media hora. A las 3:30 p.m. pasó al despacho del ministro del Interior, donde se le comunicó el pensamiento oficial.
Vallenilla no iba a misa pero conocía los sermones
Fue una entrevista breve, en la cual Vallenilla Lanz habló casi todo el tiempo, y casi exclusivamente de la obra material del Gobierno. Cuando monseñor Arias abandonó el despacho se le había hecho saber que el Gobierno haría publicar en los periódicos una respuesta a la pastoral. Pero esa respuesta no apareció jamás. A cambio de ella, el ministro del Trabajo dirigió al arzobispo una carta privada -con fecha 10 de mayo- que era una edición corregida y aumentada del discurso de Pérez Jiménez. El argumento más poderoso contra la carta pastoral, según el ministro del Trabajo, era la construcción de la Casa Sindical y del balneario de Los Caracas. Los párrocos de Venezuela sabían desde ese momento cuál era su deber: predicar la doctrina social de la Iglesia. Cada domingo, en los púlpitos de Caracas, se pronunciaban sermones cuyo rumor inquietaba, el lunes en la mañana, el desayuno de Vallenilla Lanz.
Particularmente uno de los sacerdotes de Caracas -el padre Jesús Hernández Chapellín- asumió una posición combativa. Joven, de una salud a toda prueba y un notable valor personal, el padre Hernández Chapellín, director de La Religión, se sentaba todas las noches frente a su máquina de escribir a ejercer su doble ministerio de sacerdote y periodista. El 13 de agosto, Vallenilla Lanz -bajo el pseudónimo de R. H.- publicó en El Heraldo una interpretación atolondrada y arbitraria de la justicia social. Al día siguiente, el padre Hernández Chapellín publicó una réplica que no mandó a la censura porque sabía que la censura no la habría dejar pasar: “Orientaciones a R. H.”. A las 10:00 a.m., una llamada telefónica del Ministerio del Interior lo despertó en su residencia particular. El propio Vallenilla Lanz estaba al teléfono. “Padre -dijo el ministro, sin preámbulos- es necesario que usted modifique su actitud”. También sin preámbulos, el director de La Religión respondió: “Mis editoriales los pienso y los medito bien, luego los escribo y los lanzo y me importa poco lo que ustedes piensen de ellos”.
Vallenilla Lanz no respondió nada, sino que citó al padre Hernández Chapellín a su despacho, esa tarde a las 5:00 en punto. El sacerdote llegó con cinco minutos de retraso.
En hora y media, el padre Hernández se hizo conspirador.
La entrevista duró un poco más que la de monseñor Arias y esta vez fue el sacerdote quien habló casi todo el tiempo. Vallenilla Lanz, vestido de gris y un poco pálido, no había tenido tiempo de iniciar el diálogo, cuando el director de La Religión tomó la iniciativa. “Voy a hablar -dijo- más que todo como sacerdote que sólo teme a Dios. Con el régimen que ustedes tienen en Venezuela casi todo el pueblo los odia y los detesta”. Vallenilla Lanz enrojeció: -¿Por qué?- preguntó tímidamente. -Porque ustedes tienen un régimen de pánico con la Seguridad Nacional. Es la espada de Damocles sobre la cabeza de cada venezolano. Las lágrimas y la sangre y la cantidad de muertos… -¿Cuáles muertos?- interrumpió Vallenilla Lanz, con un aire de cándida inocencia. El padre Hernández Chapellín enumeró, con sus nombres propios, 10 víctimas del régimen. “Y los que no sabemos”, agregó. “¿Y los exiliados políticos?” Vallenilla Lanz empezó a reaccionar. -Usted llama exiliados políticos a bandidos como Rómulo Betancourt, dijo. -Betancourt y yo -replicó el padre Hernández Chapellín- estamos en trincheras opuestas, como otros muchos exiliados. Pero ellos también son venezolanos y aquí deben estar para que les demos la pelea en el terreno ideológico. Los dos hombres estaban solos en el despacho. El sacerdote, con ese entusiasmo un poco estudiantil con que habla con sus amigos en la redacción de su periódico, siguió enumerando las razones por las cuales el régimen de Pérez Jiménez era una maquinaria de terror. Dijo:
“Si cuando el general se tomó el poder hubiera hecho elecciones libres en vez de proseguir y de trancarle la voz a la prensa, se hubiera inmortalizado. Pero la realidad es otra. Se quedó en el poder por un golpe de estado al derecho de sufragio”.
El padre Hernández Chapellín abandonó el despacho a las 6:30 p.m., cuando ya habían salido los empleados del ministerio. Con un cinismo inconmovible, Vallenilla Lanz lo acompañó hasta la puerta, lo despidió con un abrazo y le dijo: “Las puertas de mi despacho estarán siempre abiertas para usted”. Pero el padre Hernández no volvió a franquearlas. Siguió librando la batalla desde su modesta oficina de periodista. Pocas semanas más tarde, su robusto y combativo colega, Fabricio Ojeda, se presentó en la redacción de La Religión. -Padre -dijo Fabricio Ojeda- vengo a decirle una cosa como si fuera una confesión: yo soy el presidente de la Junta Patriótica. A partir de ese día, el padre Hernández Chapellín no fue solamente un sacerdote dispuesto a sacar adelante la doctrina social de la Iglesia ni solamente un periodista de la oposición. Fue también un conspirador.
Lluvia de volantes en la Catedral.
Estrada acechaba. En su plácido despacho de la catedral metropolitana, de espaldas a un estante atiborrado de libros que cubre toda una pared, el padre José Sarratud recibió el 11 de julio, a las 2:00 pm, una llamada telefónica del Ministerio de Justicia. El padre Sarratud, que es muy joven pero que parece más joven de lo que es, no tenía motivos para conocer la voz del ministro: era la primera vez que la escuchaba. En pocas palabras, el ministro le dijo: “Padre, usted está atacando al Gobierno en sus sermones”. El padre Sarratud, sin levantar la voz, sin el menor indicio de alteración, respondió: “No hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia”. Durante un mes entero, no modificó el tono de sus sermones. En septiembre volvió a llamarlo el ministro de Justicia, y el padre Sarratud volvió a responder: “Señor ministro, no hago otra cosa que predicar la doctrina social de la Iglesia”.
Poco tiempo después, un incidente habría de llevar el nombre del padre José Sarratud hasta el sombrío despacho de Pedro Estrada. Ocurrió el 12 de diciembre: durante una manifestación de mujeres, a un costado de la Catedral, un hombre gritó: “Abajo Pérez Jiménez”. Tratando de alcanzarlo, un policía se abrió paso entre las mujeres y agredió a una de ellas, encinta. Seis hombres atacaron al agente. De pronto, sin que nadie hubiera sabido en qué momento, millares de volantes contra el Gobierno cayeron sobre la multitud. Habían sido lanzados desde la torre de la Catedral.
Pedro Estrada hizo averiguaciones y descubrió que aquellos volantes habían sido impresos en el multígrafo de la Catedral, puesto al cuidado del padre Sarratud. El director de la Seguridad Nacional esperó un momento propicio para actuar. Ese momento propicio se presentó el 1° de enero, a raíz del levantamiento de Maracay.
Desde cuando volaron los primeros aviones sobre Caracas, Estrada se asiló en la Embajada de Santo Domingo. Pero al día siguiente, cuando supo que el golpe había fracasado, se instaló en su despacho de la avenida México, a dirigir personalmente las represalias. El 3 de enero, el arzobispo le dijo por teléfono al padre Sarratud que Pedro Estrada lo estaba buscando desde hacía tres días. El sacerdote, que no se había escondido, se echó al bolsillo el breviario y se dirigió en automóvil a la SN. Lo recibió Miguel Sanz, quien sin formular juicio lo mandó a la celda. En el cuarto piso de la Seguridad Nacional se llevó una sorpresa: allí había, detenidos, cuatro sacerdotes más. Se les acusaba de que sus sermones eran la causa moral del levantamiento militar.
Cinco sacerdotes presos: El Gobierno se cae a pedazos
Al padre Alfredo Osiglia lo fueron a buscar cuatro detectives armados, en la mañana del 2 de enero, hasta la iglesia de La Candelaria, donde acababa de decir la misa. A las 3:00 pm, monseñor Delfín Moncada, después de almorzar en su casa de Los Chaguaramos, llegó en su modesto automóvil negro al despacho parroquial de Chacao, y allí lo esperaba un hombre de apariencia humilde. Era un enviado de Pedro Estrada. Monseñor Moncada se comunicó con el arzobispo por teléfono y se dirigió, solo, a la Seguridad Nacional. Lo condujeron al despacho de Sanz. Sentado en un rústico banco de madera, ese sacerdote sólido y sanguíneo, pero de edad avanzada, esperó al segundo de Pedro Estrada durante siete horas, minuto a minuto. Había ido con el propósito de dejar una constancia, pero dos guardias armados de ametralladoras le comunicaron que estaba detenido.
Al atardecer, monseñor Moncada pidió permiso para ir al baño. Los guardias lo acompañaron, encañonándolo, y no le permitieron cerrar la puerta. A las 11:00 p.m., rodeado de sus guardaespaldas, entró Miguel Sanz. “Usted -dijo, dirigiéndose a Monseñor Moncada- encabeza la lista de cinco sacerdotes que son los autores morales del cuartelazo de Maracay”. Luego, sin solución de continuidad, agregó: -Además, usted se ha mostrado desatento con el Presidente. -En los afectos no se mete ni Dios, respondió Monseñor Moncada. -Vaya a predicar eso allá arriba, replicó el negro Sanz.
Allá arriba, en el cuarto piso, estaba desde el mediodía el padre Jesús Hernández Chapellín, el único de los cinco sacerdotes que fue sentenciado personalmente por Pedro Estrada. Para el director de La Religión, la Seguridad Nacional destacó ocho detectives: cuatro en su oficina y cuatro en su casa. El padre Hernández Chapellín, que no quiso presentarse a la seguridad antes de hablar con el Arzobispo, eludió los sitios habituales y almorzó en casa de unos parientes suyos, en el Cementerio. De allí se comunicó por teléfono con monseñor Arias, quien envió a un sacerdote para que lo acompañara hasta la avenida México. A las 2:00 pm, impecablemente vestido de azul claro y con corbata blanca, Pedro Estrada lo hizo pasar a su despacho. -Padre -le dijo- usted está complicado en el golpe militar de ayer. Ese es el resultado de sus editoriales que son incendiarios, revolucionarios, y que no parecen de un ministro de Dios.
Pedro Estrada no levantó los ojos en ningún momento de la entrevista. Hablaba con la cabeza inclinada, eludiendo sistemáticamente la mirada segura del padre Hernández Chapellín. -No refuto lo de Maracay -respondió el director de La Religión- porque me parece infantil. En cuanto a mis editoriales, le diré que me tiene sin cuidado lo que ustedes piensen y no es mi culpa si ustedes se ven retratados en ellos. -¿Usted no está de acuerdo con el régimen?- preguntó Pedro Estrada. -No. Estoy en completo desacuerdo. Estrada no se atrevió a hacerse responsable de su detención. Dijo que tenía órdenes superiores.
El padre Hernández Chapellín fue conducido al pabellón destinado a los cinco sacerdotes . Sólo uno de ellos salía todas las noches a dormir a su casa, el padre Pablo Barnola, de la Universidad Católica. Querían que se asilara para que abandonara al país. Pero el padre Barnola no lo hizo. Sus compañeros de prisión le llamaban “el semi interno”.
La única visita que se les permitió fue la del doctor Guillermo Altuve Carrillo, enviado personal de Pérez Jiménez, el domingo 5 de enero. Trató de convencerlos de que modificaran su actitud en relación con el Gobierno. Pero ellos se mostraron inflexibles. El doctor Altuve Carrillo, furibundo, les lanzó una amenaza: -Sepan que no tumbarán al Gobierno. Aquella amenaza no duró mucho tiempo. El 13 de enero, el Gobierno empezó a caerse a pedazos. Pedro Estrada abandonó el país. El coronel Teófilo Velasco, quien lo reemplazó, puso en libertad a los cinco sacerdotes.
El padre Álvarez, de La Pastora, un conspirador de rueda libre
La ciudad que ellos encontraron al salir de la cárcel había sufrido una transformación sensacional. Todo el mundo, desde el industrial en su gerencia hasta el vendedor ambulante en la calle, estaba conspirando. En la humilde parroquia de La Pastora, el padre Rafael María Álvarez Flegel -156 centímetros cargados de un dinamismo incontenible- estaba comprometido hasta los huesos en la conspiración. En los primeros días de enero, un sobrino suyo, Ramón Antonio Álvarez Cabrera, estudiante del colegio Carabobo, le informó confidencialmente que estaba actuando en contacto con la Junta Patriótica. Necesitaban un multígrafo.
El padre Álvarez no se conformó con compartir el secreto y prestar el multígrafo de la parroquia para reproducir los volantes clandestinos, sino que hizo las copias en su máquina y trabajó personalmente en la impresión. Usaba guantes para evitar las huellas digitales. Durante los primeros 15 días del año, sin ningún contacto directo con la Junta Patriótica, el padre Álvarez ocupó la jornada entera en su ejemplar trabajo de conspirador espontáneo. Los muchachos llevaban el papel en la mañana y volvían en la noche por las copias. En varias parroquias se adelantaba una actividad semejante. Apenas salido de la cárcel, el padre Sarratud entró en contacto con otros grupos estudiantiles que celebraban reuniones en una dependencia de la Catedral e imprimían allí volantes clandestinos.
A medida que se acercaba el martes 21, el padre Álvarez sentía que los días le quedaban cortos. La huelga general estaba preparada, pero el efervescente párroco de La Pastora en su solitario y escueto despacho, sin otro contacto con el gigantesco mecanismo de la conspiración que su grupo de estudiantes, sentía que algo faltaba: un ultimátum a Pérez Jiménez, con condiciones concretas. En la noche del 19 redactó él mismo, por su cuenta y riesgo, el último volante, y se tomó la libertad de firmarlo: ” La Junta Patriótica”. No se conformó con imprimirlo, sino que puso al correo urbano en sobres cerrados una copia para Pérez Jiménez y cada uno de sus ministros. En su cuarto, debajo de la estrecha cama de hierro pintada de azul, quedaron 500 ejemplares que los muchachos irían a buscar esa noche. Los esperó hasta las 11:00 pm. Antes de acostarse dio orden al sacristán de no quitar las cuerdas de las campanas para que los huelguistas pudieran tocarlas al día siguiente, a las 12:00 en punto. Se durmió a la media noche después de escuchar los últimos boletines en la radio.
A la 1:30 am varios golpes a la puerta lo despertaron sobresaltado. Una voz masculina gritó: “Padre, acompáñenos, para que bautice un niño que se está muriendo”. El padre Álvarez abrió la puerta y vio al resplandor de las bombillas del patio cuatro hombres oscuros, con las manos en los bolsillos. Eran agentes de la Seguridad Nacional.
Las campanas de la mayoría de las iglesias de Caracas anunciaron a las 12:00 el principio de la huelga general.
La policía había destacado agentes para evitarlo, pero los sacristanes tenían órdenes terminantes de facilitar la entrada de los huelguistas. A monseñor Moncada lo visitó el prefecto de Chacao, a las 11:00 a.m., para advertirle que sería sancionado si tocaba las campanas. El sacerdote respondió que la policía no podía prohibir la costumbre secular de dar las 12 seguidas por un breve repique. Protegido por el pueblo, el sacristán repicó tres minutos por cuenta del párroco y tres minutos más por su propia cuenta. En la Candelaria, la policía estuvo a punto de enloquecer con unas campanas que sonaban sin campanero.
El párroco había instalado a los altoparlantes una cinta magnética, que giró -repicando- durante varias horas. El párroco contempló el espectáculo desde el abasto de enfrente, vestido de civil. Al padre Alvarez le habría gustado tocar las campañas con sus propias manos. Pero a esa hora estaba detenido en el convento de los Padres Benedictinos de San José del Ávila. Los agentes de la SN habían pasado la madrugada en su dormitorio, esperando instrucciones. Uno de los estudiantes llamó por teléfono y fue un detective quien respondió: “¿A qué hora es la misa?”, preguntó el estudiante. “No hay misa”, respondió el detective, sin saber que aquello era una clave. Por esa respuesta supieron los muchachos que el padre Álvarez estaba en poder de la Seguridad Nacional. Acompañado por el arzobispo, el coronel Velasco se dirigió a La Pastora a las 6:00 am y se opuso a que el párroco fuera conducido a la seguridad. Desde su celda conventual, el padre Álvarez oyó las campanas, las cornetas y los pitos de las fábricas, y supo entonces que su labor no había sido inútil y que antes de 48 horas estaría de nuevo en su púlpito.
En la Iglesia profanada, el párroco herido esperaba…
El arzobispo se encontraba en una situación difícil: no podía intervenir directamente en política, pero tampoco podía -ni como miembro ilustre de la Iglesia ni como venezolano- impedir el trabajo subversivo de sus párrocos. Las relaciones entre Venezuela y el Vaticano habían llegado a un peligroso grado de tirantez. El nuncio apostólico había protegido en la Nunciatura al político Rafael Caldera y a un oficial del levantamiento de Maracay. Monseñor Jesús María Pellín -cuyo despacho es una biblioteca blindada de 14.000 volúmenes-había pronunciado un sermón sobre el prevaricato y se había visto precisado a abandonar discretamente el país. Como miembro, varias veces reelecto, del comité de Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) había firmado una declaración en la cual se condenaba el régimen de Pérez Jiménez por haber amordazado a la prensa. En todos los frentes la Iglesia participaba en la resistencia.
Los colegios dirigidos por religiosos estuvieron entre los primeros que echaron sus alumnos a la calle para que manifestaran contra el régimen. El régimen lo sabía, pero ya en enero habría podido encarcelar a todos los sacerdotes de Venezuela sin ningún resultado. La fuerza democrática se había desencadenado. Monseñor Hortensio Carrillo, párroco de Santa Teresa, tenía informes de que la policía y la seguridad, a espaldas del coronel Velasco, tenían preparado un asalto a su templo. Sólo se esperaba una oportunidad.
Monseñor Carrillo no podía renunciar a su deber. El martes 21, un poco antes del mediodía, estaba diciendo su misa ordinaria cuando una manifestación de médicos perseguida por la policía se refugió en la iglesia. En la confusión, la misa fue interrumpida, y agentes uniformados y civiles irrumpieron en el recinto, armados de fusiles y ametralladoras. En un instante la iglesia de Santa Teresa se impregnó de gases lacrimógenos, pero los policías impidieron la salida de las 500 personas -hombres, mujeres y niños- que se asfixiaban en el interior. Una bomba estalló a pocos metros de monseñor Carrillo. Los fragmentos se le incrustaron en las piernas y el párroco, con la sotana en llamas, se arrastró hasta el altar mayor. A pesar de la confusión, un grupo de mujeres mojaron sus pañuelos en el agua bendita de la sacristía y apagaron la sotana del párroco.
Cuando la iglesia fue evacuada, la policía se opuso incluso a que las ambulancias se llevaran oportunamente a los heridos. El arzobispo llamó por teléfono al comandante de la policía, Nieto Bastos, cuando todavía la iglesia estaba sitiada. Nieto Bastos respondió: Son ellos quienes están acribillando a la policía. Monseñor Carrillo no pudo ser conducido al hospital. Con las piernas inutilizadas por los fragmentos de la bomba fue llevado al despacho parroquial, hasta donde logró penetrar, al atardecer, un médico que le prestó los primeros auxilios. El sacerdote fue sentado en un escritorio frente a una puerta que da directamente sobre la calle. Una patrulla de policía hizo tres descargas contra la puerta: un tiro de fusil, otro de revólver y una ráfaga de ametralladora. La bala de fusil perforó la puerta, atravesó el despacho y se incrustó en la pared del fondo, a 20 centímetros sobre la cabeza de monseñor Carrillo.
Durante toda la noche, mientras el párroco sufría en su dormitorio del primer piso, presa de terribles dolores, la policía disparó contra la iglesia para dar
 la impresión de que allí había grupos atrincherados. Energúmenos, subrayaban las descargas con toda clase de expresiones obscenas. Pero monseñor Carrillo, a pesar de su estado, sabía que aquel asedio no podía durar mucho tiempo. Así fue. El heroico pueblo de Caracas, con piedras y botellas, descongestionó el sector a la mañana siguiente. 

Horas después, el párroco experimentó una inmensa sensación de alivio. La misma sensación de alivio que experimentó Venezuela. Era la madrugada del 23 de enero. El régimen había sido derrocado” (Hasta aquí García Márquez. Las negrillas son nuestras).


Luis Alberto Machado Sanz
Abogado  
@caballitonoble

Imagen destacada: Fabricio Ojeda y Monseñor Rafael Arias Blanco. Foto El Universal 

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